Cristianos e IA: ¿Es todo una cuestión de prompts?
Desde finales de 2022, cuando la empresa OpenAI lanzó el famoso ChatGPT, se han multiplicado en todo el mundo los comentarios y reflexiones sobre la Inteligencia Artificial: usos, abusos, riesgos y beneficios. No ha habido medio de comunicación que no se haya ocupado del tema; muchísimos en las redes sociales se han subido a la ola (y continúan haciéndolo) habiendo comprendido su potencial económico. Todos sabemos ya que existe; todos pensamos que sabemos qué hace y cómo funciona.
Abrir un chat con una de las herramientas de IA se está convirtiendo en uno de los gestos digitales más comunes de nuestra época, junto con el scrolling en las redes sociales y los mensajes en WhatsApp. Desde la receta más adecuada para la cena de los hijos hasta la creación de un currículum vitae, pasando por escenarios a veces jocosos y otros con tintes psicoanalíticos, recurrimos a la IA con una frecuencia cada vez mayor.
Pero el corazón del uso de la IA está representado, sin duda, por los prompts: las instrucciones sobre qué y cómo debe respondernos el programa: no simplemente “dame la receta del arroz con pollo”, sino “partiendo de mi perfil personal, crea un currículum que resalte mis experiencias internacionales, que sea apto para LinkedIn y esté redactado en inglés”.
En este espacio no profundizaremos en los tecnicismos que subyacen a la gran complejidad de la IA, ya que estamos más interesados en las consecuencias espirituales y éticas que esta innovación tecnológica puede tener en la vida de un creyente cristiano. Por este motivo, la pregunta que queremos hacernos es: ¿qué sucede cuando los prompts se refieren a aspectos de la fe, de la espiritualidad o de la relación con la Biblia? En otras palabras: ¿cómo gestionar los “prompts cristianos”?
La IA y la Biblia: ¿una evolución del método de estudio?
La Biblia nos enseña que debe ser estudiada y que el estudio es fuente de crecimiento espiritual para el creyente (2 Timoteo 3:16-17). No debe sorprender, por tanto, la proliferación en los siglos pasados de herramientas de apoyo al estudio bíblico: comentarios, diccionarios bíblicos, índices temáticos, concordancias, etc.
Aunque el recurso a estas herramientas para una exégesis más informada ha sido desaconsejado a veces en nombre de la autenticidad de la guía del Espíritu Santo en la comprensión del texto bíblico, es innegable que la contribución de quienes se han dedicado a ellas a lo largo del tiempo (ciertamente no con mera sabiduría humana) ha sido de bendición y ayuda para generaciones y generaciones de creyentes.
Además, algunos ejemplos bíblicos nos enseñan que la interpretación y el estudio de la Biblia pueden requerir el uso de apoyos, que distan mucho de estar fundados en la sabiduría humana: los levitas de Nehemías 8, que “leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura”; y Jesús, con los discípulos en el camino de Emaús, quien “comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27).
La revolución digital de los últimos treinta años ha facilitado enormemente el acceso a las herramientas de estudio, poniéndolas al alcance incluso de quienes no pueden permitirse costosos volúmenes, aunque también ha hecho surgir riesgos: la consulta en línea de un comentario o diccionario bíblico priva al lector de la contextualización natural que ofrece el texto impreso en papel; la búsqueda de palabras o versículos en una barra de búsqueda puede, a la larga, erosionar la capacidad de orientarse en el canon bíblico, induciéndonos a vivir la Biblia “por porciones” en lugar de redescubrir esa maravillosa e inspirada unidad que la caracteriza.
Sin embargo, nadie cuestionaría legítimamente la extrema utilidad de este método de búsqueda que abre las puertas a conceptos que, si se aplican con discernimiento, enriquecen la comprensión del texto bíblico e influyen así en nuestro crecimiento espiritual: los matices de significado de un término hebreo o griego; la reconstrucción del contexto histórico y social de un pasaje bíblico; la recurrencia de ciertos términos dentro de una epístola...
Pero aquí llegamos al punto crítico de nuestra cuestión: si hasta ahora la consulta en línea de herramientas de estudio bíblico ha facilitado la obtención de información, dejándonos a nosotros “la labor” de la comprensión y la aplicación personal mediante el estudio y la oración, ante una herramienta digital que se ofrece a realizar esa “labor” en nuestro lugar, nuestra atención debe ser necesariamente distinta.
La herramienta que puede crear nuestro currículum perfecto es la misma a la que podemos pedir: “Encuéntrame todos los versículos bíblicos que hablan de la paz, identifica los tres conceptos más recurrentes y redacta un mensaje a partir de ellos”. Si la primera parte de la solicitud es una aceleración de una función ya presente en muchas herramientas bíblicas en línea, la segunda parte toca el aspecto “generativo” del instrumento y requiere un momento de reflexión: aquí, de hecho, entramos en el campo de la espiritualidad concreta y aplicada. ¿Estamos seguros de querer fundamentarla en cálculos probabilísticos?
“Ocúpate... en el estudio”
Son innumerables las exhortaciones bíblicas al compromiso personal con la Palabra de Dios: en el conocimiento del texto (Deuteronomio 11:18), en la meditación constante (Josué 1:8), en la fidelidad al mensaje (1 Corintios 4:6), en su predicación (2 Timoteo 4:2), en vivir y aplicar sus enseñanzas (Santiago 1:22) y en transmitir dichas enseñanzas (Tito 1:9).
En todos los casos, se desprende que el sentido del estudio del texto bíblico viene dado por nuestra devoción (el “delicia” del Salmo 1), por la actitud espiritual de oración y la guía del Espíritu Santo (Juan 16:13) y por la inevitable fatiga invertida en escudriñar las infinitas riquezas de la Palabra de Dios (Proverbios 2:4-5). Una fatiga, conviene recordarlo, que no es cuantitativa sino cualitativa: “mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos” (Salmo 84:10). El tiempo dedicado a la oración y al estudio de la Palabra de Dios es un tiempo de apertura a Dios, de disponibilidad para ser guiados por el Espíritu Santo y de meditación en el ejemplo de Cristo. Ya sean treinta minutos o tres horas al día, el referente (benchmark) no es la cantidad de información procesada, sino cuánto cambian nuestro corazón las verdades bíblicas.
Tratar la Biblia como un “manual para la predicación” o un “recetario para los estados de ánimo” para ser usado según la necesidad, a ser posible de manera rápida y eficiente, significa privarnos de la bendición establecida por Dios en la relación con la revelación escrita. Reducir la Biblia a una serie de conceptos que extraer equivale a andar por la carne en lugar de por el Espíritu: encuentro lo que necesito, pero no medito en lo que la Palabra quiere decirme; soy yo quien da sentido al texto, ya no es el texto el que me guía. Vivo, en otras palabras, la ilusión de ser un creyente autosuficiente: exactamente lo contrario de la sumisión, que se compone de tiempos de moldeamiento (el barro y el alfarero de Geremia 18), de tiempos de silencio y de tiempos de espera.
Espera, a veces, de una sola respuesta, de una sola palabra divina (Mateo 8:8). No de millones de datos.
Este tipo de actitud puede ser, al mismo tiempo, causa y consecuencia del abuso de los “prompts cristianos”: el deseo de que la IA analice el texto bíblico para llegar en poco tiempo a determinadas respuestas provoca pereza espiritual, pero a su vez se ve alimentado por la ilusión de la autosuficiencia. Todo esto vacía de significado la tarea que Dios ha encomendado a cada creyente: vivir la Palabra de Dios.
IA y Biblia: ¿solo un abuso perezoso?
Hemos hablado de abuso de prompts no por casualidad: el problema no es la herramienta, sino el corazón de quien la utiliza. Un creyente sincero, con las intenciones correctas delante de Dios, puede beneficiarse del buen uso de la IA. Porque si existe un abuso, también existe un buen uso.
Pero, ¿cómo identificarlo? Respondiendo a una sencilla pregunta: “¿Le estoy pidiendo a la IA que me proporcione las herramientas para entender el texto bíblico o que lo interprete por mí?”
Intentemos dar una respuesta concreta a esta pregunta, ofreciendo algunos ejemplos de uso oportuno de la IA y de prácticas que deben evitarse, habiendo ya premisado nuestro rechazo a la pereza espiritual y a la ilusión de la autosuficiencia.
Buen Uso: herramientas para orientarse
Datos filológicos y lingüísticos: "¿Cuál es la etimología del término griego 'agape'?" o "¿Cuáles son las ocurrencias de este término en el Nuevo Testamento?". En este caso, la IA acelera una búsqueda que habríamos realizado en un diccionario o una concordancia.
Contexto histórico-cultural: "¿Cuáles eran las costumbres nupciales en Galilea en el siglo primero?". Esto ayuda a "limpiar el lente" a través del cual miramos el texto, proporcionándonos los elementos históricos para comprender mejor el episodio.
Análisis letterario: "¿Cuáles son las figuras retóricas del Salmo 84?". Aquí la IA actúa como un resaltador inteligente, mostrándonos la estructura poética o literaria del texto sobre el cual luego meditaremos.
Una advertencia: la IA puede cometer errores o inventar información por completo (la llamada “alucinación de los modelos lingüísticos”). Es necesario, en la medida de lo posible, verificar las respuestas obtenidas.
Abuso: interpretar en nuestro lugar
Significado y aplicación personal: "Indícame las aplicaciones de este pasaje para mi vida". Es un abuso porque el discernimiento espiritual no es un proceso algorítmico. La IA no puede sustituir la voz de Dios en el secreto de la oración.
Síntesis devocional: "Escribe una meditación a partir de Hechos 1:8". Delegar la “digestión” del mensaje significa presentarnos ante Dios y los hombres con un pan que no hemos amasado. El mensaje pierde su autoridad porque no ha pasado por nuestro propio moldeamiento.
Resolución de dilemas éticos o doctrinales: "¿Cuál es la posición bíblica definitiva sobre este tema difícil?". Buscar una respuesta “empaquetada” nos priva de la fatiga necesaria al escudriñar las Escrituras y del tiempo de espera, fundamental para nuestra madurez espiritual.
La fe cristiana tiene en la experiencia personal con Cristo su eje central. Se recibe la salvación personalmente; se es bendecido personalmente. Por este principio, el estudio de la Biblia puede ciertamente ayudarse de herramientas, pero estas no deben estudiar en nuestro lugar, porque no son ellas las que tienen una relación personal con Dios.
Y Dios nos ha pedido que le entreguemos el corazón, no la cuenta de la herramienta de IA.
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